Thursday, November 19, 2009

L-A-H-O-J-A

Mi hoja en blanco y tú dándome la espalda con ojos suicidas. Mi hoja en blanco y el café que humea en mi mesita de noche. Sigo el humo un poco ciega, un poco bizca. Lo sigo y se encuentra con mi ventana gris de buenos días. Gotea como si el mundo se fuera a acabar en este instante. Contengo la respiración, no quiero que me agarre desprevenida el apocalipsis y tenga que pedir permiso para respirar.

Mi hoja sigue en blanco y mis ojos hipnotizados por las gotas que huyen de la brisa que quiere hacerlas presas. Abro la ventana y me inunda la sensación de humedad mezclada con frescura y un toque de realidad. Dejo escapar la bocanada de aire que tome antes. La vuelvo a cerrar, no me gusta la realidad cuando llega fría golpeando la cara. Vuelvo a mi hoja que creí poder abandonar.

Recuerdo los días donde podía escribir. Sentía las ganas incombatibles de contarle al mundo lo que sentía, lo que me pasaba, lo que pensaba y nunca a nadie le diría. Me gustaba escribir así. Así con ganas de decir algo. Así con la necesidad de hacerlo de manera embellecida. Ahora, si es que se me ocurre un verso que valga la pena poner en papel, lo olvido antes de tomar el lápiz. Como la otra noche, por ejemplo. Venía de vuelta a la casa después de un largo día y viendo por la ventana hacia la nada, me vino a la mente un verso hermoso. Algo que enamoraría a cualquiera. Seguí imaginando líneas y allí mismo tenía el poema. Para cuando cuando llegué a casa y conseguí una libreta donde escribirlo... lo había olvidado y no recordaba ni una palabra. Cuando alcanzo a escribir algo, me toma más de una semana terminarlo. Y no siempre me gusta el resultado.

Parece que dejó de caer agua por mi ventana. Quisiera salir. Me gusta el olor que deja la lluvia sobre la acera, sobre la gente, sobre la tierra. La lluvia tiene ese poder sanador que nos hace sentir que todo lo malo se ha ido y que podemos volver a empezar. Decido tomar una ducha y pretender que es lluvia que cae por mi cuerpo. Una lluvia caliente, muy caliente que deja en mi piel un rastro rojizo. Me pierdo en gotas que recorren mi piel uniendo puntos como un juego de niños, para nada inocente. Me deshago en agua y quiero seguir la corriente por el desagüe. Me consigo frente a frente con mi destino evaporado y vilmente atrapado en una nebulosa. Decido volver a la cama. Desnuda. Mojada aún. Quizás duerma un poco. Quizás muera un poco. Quizás deje mi alma libre de esta condena de estar viva... Veo mi hoja en blanco, y por esta vez... ella gana la batalla.


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